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El libro, la imprenta y sus orígenes.

La invención de la imprenta marco un antes y un después en la historia, al poder hacer de la difusión de la información algo mucho más sencillo.





Antes de la invención de la imprenta ocurrida a mediados del siglo XV, los libros eran un bien muy preciado y muy difícil de obtener. Sólo quienes poseían una “respetable” fortuna podían darse el lujo de adquirir uno, ya que cada libro era hecho a mano por un amanuense o copista, quien copiaba el documento original con plumas de diversos grosores remojadas en tinta, sobre un grueso papel pergamino.

Imagen: Monje copista. Dibujo.


Existieron en Europa una diversidad de hombres dedicados a la edición y venta de libros, que eran copiados manualmente por amanuenses e ilustrados con dibujos de artistas gráficos. Esta labor de copiado de libros también era realizada por monjes amanuenses en diversos conventos.

Imagen: Taller de Tito Pomponio Ático. Historiador y editor de libros en Roma, en el siglo I a.C.


La gran revolución en la fabricación de libros fue la imprenta inventada por Johannes Gutenberg, nacido en Maguncia, en la actual Alemania, alrededor del año 1400.

Gutenberg creó un sistema de piezas metálicas que tenían moldeadas las letras requeridas para un texto, a las que se aplicaba tinta y mediante presión se grababan las letras sobre una hoja de papel. De esta manera se podían imprimir hojas sueltas o bien libros completos en forma masiva. A partir de la creación de la imprenta de Gutenberg, la publicación de libros experimentó un definitivo impulso en Alemania y en diversas ciudades de Europa.

Imagen: Johannes Gutenberg. Grabado.


Cuando la imprenta llegó a América

Casi cien años después de haberse inventado la imprenta, ésta llegó a América. En 1539, gracias a las gestiones realizadas por el obispo Juan de Zumárraga y el virrey Antonio de Mendoza, arribó a la ciudad capital de la Nueva España el impresor de origen italiano Juan Pablos. Quien de inmediato se puso a trabajar para realizar las libros e impresos de diverso tipo.

Pronto, los esfuerzos del impresor Juan Pablo dieron frutos. En su imprenta se publicó el primer libro realizado en América, que llevaba por títulos Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana.

Imagen: Modelo que representa la primera imprenta de la Nueva España.


Durante los trescientos años que duró el régimen virreinal, la imprentas de la Nueva España publicaron una considerable cantidad de libros y hojas impresas de diverso tipo, en la que predominaban los temas de la religión, tomando en cuenta que las autoridades eclesiásticas y la Santa Inquisición prohibían la publicación de libros o escritos que contravinieran los dogmas de la Iglesia o que fueran en contra de las normas morales que predominaban en la época.

Imagen: Historia de Nueva España de Hernán Cortés, compilada por Francisco Antonio de Lorenzana.


Sin duda el auge de la imprenta en México se daría al estallar la guerra de Independencia. La necesidad que tenían los promotores y simpatizantes del movimiento de independencia, de dar a conocer sus ideas y el avance de su movimiento, los llevaría a publicar los primeros periódicos políticos. Tal es el caso del periódico editado por Miguel Hidalgo, que llevaba el sugestivo nombre de El Despertador Americano y del Correo Americano del Sur editado por José María Morelos.

También en esos años, se publicó en México la que se considera la primera novela de América, titulada El Periquillo Sarniento.

Imagen: Correo Americano del Sur. Periódico insurgente.


Una vez concluida la guerra de emancipación, la nueva nación experimentó una larga etapa de efervescencia política, que se tradujo en el surgimiento de múltiples periódicos que defendían las posturas de los diversos bandos políticos, ya fueron estos monarquistas o republicanos, conservadores o liberales.

Si bien eran pocos los habitantes de México que sabían leer en el siglo XIX, lo cierto es que lo que se publicaba en periódicos como El Monitor Republicano, La Orquesta o El Imparcial, por mencionar algunos, era comentado en las calles, en los parques o en las cantinas por una gran cantidad de ciudadanos.

Imagen: Periódico La Orquesta, publicado en la Ciudad de México entre 1861 y 1877.


Pero la imprenta en México no sólo fue el instrumento para publicar libros, periódicos y novelas. A mediados del siglo XIX se puso en boga la publicación de litografías, en las que artistas como Claudio Linati o Casimiro Castro representaban escenas de la vida en las ciudades y los más excelsos paisajes del campo mexicano, además de los oficios urbanos y las fiestas religiosas.

Gracias a estas obras de arte, hoy en día podemos conocer como era la vida y el paisaje en México, claro está, cuando todavía no existían la fotografía ni el cine.

Imagen: Orizaba desde el puente de Paso del Toro. Pintura de Casimiro Castro publicada en el Album del Ferrocarril Mexicano. 1877.


A fines del siglo XIX, cuando gobernaba a México el general Porfirio Díaz, José Guadalupe Posada, un ingenioso ilustrador y caricaturista, dedicó su talento a retratar, a través de dibujos y grabados, el modo de vida, creencias y aflicciones del pueblo humilde de México, ilustraciones que se publicaban a través de periódicos y hojas sueltas.

Posada fue el creador de infinidad de ilustraciones de calaveras y de la “calavera garbancera”, que más tarde sería redibujada por Diego Rivera en su mural “Sueño de una tarde de verano en la Alameda” y conocida como “La catrina”.

Imagen: Homenaje a José Guadalupe Posada. Linoleografía publicada por Leopoldo Méndez. Taller de la Gráfica Popular.


A casi 500 años de la llegada de la imprenta a México, nuestro país publica 140 millones de ejemplares de libros anualmente. Y de acuerdo con estudios realizados, los mexicanos leemos en promedio 1 libro cada tres meses.


Sin duda, en los últimos años, la televisión y los medios computarizados están desplazando al libro en las nuevas generaciones. Pero hoy en día, diversas instituciones culturales desarrollan estrategias para promover la lectura, en especial en niños y jóvenes.

Para terminar, quiero traer a la memoria esta breve frase del poeta iraní Mohammed Shams Od-Din Hafiz, que nos ilumina acerca del poder del libro y la lectura:

Leer es soñar el agua de un oasis en el desierto, beberla y despertar con otro tipo de sed que ya no está en la boca.


Te recomendamos leer:

La imprenta y la batalla de las ideas. De Hugo Vargas. Colección Tiempo vuela. Instituto Mora. 1994.



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