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El organillero, una tradición sin fronteras

Su distintivo traje café claro y su gorra acompañan las notas del organillero en el centro de la Ciudad de México.


Organilleros en la Ciudad de los Palacios


Cuando caminamos por las calles céntricas de la Ciudad de México, nos topamos necesariamente con uno o varios organilleros, quienes ataviados con un traje color café claro y una característica gorra, hacen girar en forma interminable una manivela para accionar el pequeño órgano musical, que nos deleita con canciones típicas mexicanas.


Si preguntamos a nuestros padres y abuelos, nos daremos cuenta de que estos incansables operadores del organillo han conformado parte del paisaje urbano de nuestra ciudad por más de una centuria. Por medio de esta cápsula cultural, los invitamos a conocer la historia de una tradición que trasciende las fronteras de México.


Como su nombre lo sugiere, el organillo es un instrumento de reproducción de sonido que tuvo su origen en el órgano, al que todos conocemos por formar parte del ritual de la iglesia católica. Pues bien, el órgano es ciertamente un instrumento antiguo que fue inventado en el siglo III a.C., en la mítica ciudad de Alejandría, en Egipto, por Ctesubio, llevando el nombre de Hydraulis, ya que funcionaba con el agua como fuerza impulsora. Con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en un instrumento musical, cuyos sonidos eran producidos por el desplazamiento de aire a través de tubos metálicos con diferentes tamaños y grosores.


Invención del organillo


Por su parte, el organillo es un instrumento de más reciente creación, inventado probablemente en el siglo XVII por un fabricante italiano de apellido Barbieri. Consistía originalmente en una caja que contenía un cilindro de madera con puntas de metal, ordenadas de manera que cada una es una nota de la melodía. Al girar la manivela, además del cilindro, se mueve un fuelle, que sopla en una caja alargada llamada secreto, la cual distribuye el aire de manera uniforme. La melodía se produce cuando las puntillas del cilindro chocan con la punta de acero de las teclas; éstas suben y tapan las válvulas de las cornetas, impulsando el aire hacia la salida de cada una.




Los primeros organillos en México

Considerados como los mejores fabricantes de órganos en el mundo, las empresas alemanas dedicadas a esta actividad pronto se interesaron por producir el organillo, lo que hizo surgir la tradición de personas dedicadas a reproducir música en las calles de las ciudades con estos instrumentos. Muy en especial, en la ciudad de Hamburgo, la actividad de los organilleros fue en algún tiempo patrocinada por las autoridades, convirtiéndose en un importante atractivo para la población local y foránea.


De acuerdo con los estudiosos del tema, a mediados del siglo XIX, inmigrantes alemanes fundaron en la Ciudad de México la Casa Wagner y Levien, la cual en la década de 1880 emprendió la importación de organillos neumáticos. En estos organillos el cilindro de madera había sido sustituido por pliegos de cartón perforados.


Estos instrumentos eran alquilados a personas interesadas, quienes iniciaron en este país la tradición del organillo, que para entonces ya era común en diversas ciudades europeas. A imitación de los organilleros del Viejo Mundo, los mexicanos solían acompañarse por un mono araña sentado arriba del instrumento, lo que hacía más atractiva su presentación.


Cuando surgieron los organilleros en México, en aquel entonces gobernado por el general Porfirio Diaz, sus cajas musicales interpretaban piezas como Sobre las olas, Vals poético o Cuando escuches este vals, por mencionar algunos. Sin embargo, al estallar la revolución, los organilleros sustituyeron estas piezas tradicionales por canciones como La Adelita, México Lindo o corridos de la gesta revolucionaria.

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