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Grandes Mujeres en la historia de México



En México, la mujer ha figurado en el transcurso de la historia realizando una diversidad de contribuciones. A continuación, les presento historias de algunas de las más destacadas mujeres que han contribuido a enaltecer el orgullo de pertenecer a México.


Sor Juana Inés de la Cruz


A mediados del siglo XVII, una joven excepcional originaria de un poblado ubicado en el actual estado de México, fue llevada a la corte del virrey, quien invitó a cerca de 30 especialistas en diversas materias de las ciencias naturales y sociales, las artes y la literatura.

Cada uno de ellos formuló preguntas a esta chiquilla de 16 años de edad, quien para sorpresa de los presentes respondió con acierto todos los cuestionamientos que se le hicieron. Deslumbrados por sus vastos conocimientos y su talento para escribir poemas y sonetos, el virrey y sus esposa la invitaron a vivir en el Palacio Virreinal, colmándola de favores y buenos tratos.


Al cumplir la mayoría de edad, la joven, que llevaba por nombre Juana de Asbaje, tomo una decisión: ingresó al convento de monjas de San Jerónimo en el actual centro de la ciudad de México y adoptó el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz.


En este establecimiento religioso Sor Juana, desplegó toda su habilidad y su talento, dedicándose a escribir poemas y piezas literarias. Lo sorprendente es que muchas de sus composiciones reflejaban los modos de ser y la cultura de los indios, negros y mestizos de la Nueva España, como el villancico que presentamos a continuación, que sugiere que José, esposo de María, madre de Jesucristo, pudo haber sido negro.


Pues y yo


También alivinalé;


Lele, lele, lele, lele,


¡que pudo ser Neglo Señol San José!


Que a su Parre Salomó


También ella fue mujel:


¡Lele, lele, lele, lele!


¡Que por poco es Neglo Señol San José!


Sor Juana murió antes de cumplir los 50 años de edad, contagiada de tifo, cuando se dedicaba a auxiliar, junto con las monjas de su convento, a quienes contraían esta enfermedad en la ciudad de México.


Casi cuatro siglos después los mexicanos e hispano parlantes del mundo seguimos leyendo y sorprendiéndonos de la belleza e ingenio de los poemas de Sor Juana


Leona Vicario


A principios del siglo XIX, surgieron en el territorio de la Nueva España diversas conspiraciones encaminadas a derrocar al gobierno del virrey José de Iturrigaray, quien ejercía el poder en nombre del monarca de España Fernando VII. En septiembre de 1810, en el pueblo de Dolores, perteneciente a la entonces Intendencia de Guanajuato, se formó el primer ejército insurgente comandado por el cura Miguel Hidalgo.


En la Ciudad de México, una joven mujer, que no pasaba de los 20 años de edad, se propuso apoyar al recién surgido movimiento insurgente. Discretamente, desde su residencia en el actual centro de la ciudad, se dio a la tarea de organizar a voluntarios con la intención de proveer a los luchadores insurgentes de los medios que requerían para su lucha.


Armas, uniformes, zapatos, pero también papel, tinta y una imprenta, fueron parte de lo que Leona consiguió para apoyar a estos luchadores.



Un par de años después de haber iniciado su trabajo de apoyo, Leona fue capturada y puesta en prisión. De donde fue liberada por los insurgentes, viéndose obligada a huir a la ciudad de Oaxaca, en donde las fuerzas insurgentes comandadas por José María Morelos, tenían el control.


En aquella ciudad sureña, al lado de su marido, Andrés Quintana Roo, continuó colaborando con los insurgentes. Pero al debilitarse su movimiento se vio obligada a huir junto con su marido.


Fue tal la problemática que tuvo que enfrentar Leona, que en el año de 1814 se vio obligada a dar a luz a su primera hija en una cueva en el monte. Y por más de un año vivió con Andrés y sus hijas en un jacal en el cerro, alimentándose del maíz que sembraban y de los animalitos que criaba en su pequeña parcela.


Al consumarse la Independencia, Leona Vicario fue reconocida por el gobierno de la nueva nación como heroína de este movimiento y dedicó el resto de su vida a administrar sus haciendas y a criar a sus hijas. Hoy en día, sus restos óseos se encuentran resguardados en la Columna de la Independencia.


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